19 octubre, 2018
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Por: Jaime Arocha

En mi última visita a Quibdó percibí cómo se ha exacerbado la antioqueñización de ese puerto sobre el río Atrato. Llegué el pasado 30 de noviembre para el lanzamiento de Calle caliente. Memorias de un cimarrón contemporáneo, el libro con la trayectoria de Rudecindo Castro, líder del movimiento social afrocolombiano. Me sorprendió el nuevo aeropuerto El Caraño, moderno y funcional, pero carente de la atmósfera cálida del antiguo, sin paredes que detuvieran unas brisas que hacían que la gente hablara duro, mientras se comía su pastel. Ahora hay plazoleta de comidas rápidas en el segundo piso.

A las casas de madera que quedaban, con sus techos altos y áreas sociales abiertas, las reemplazan moles de cemento, con esos balcones circulares y balaustradas de barrotes tornados tan populares en el oriente antioqueño. Hasta el lugar de los palafitos del barrio La Yesquita hoy lo comienzan a invadir varilla y concreto. La obstrucción de esa quebrada y sus afluentes presagia la respectiva cuenta de cobro ambiental.

Rejas metálicas aíslan los patios de entrada donde la gente sacaba sus mecedoras para conversar y saludar a quienes pasaban por el frente. La advertencia es la de no salir a ese espacio buscando una mejor señal para evitar un encañonamiento y el robo del celular. La ciudad fortificada reemplazó a la de puertas abiertas.

Hay menos personas negras como dependientes de bancos, almacenes y aerolíneas. Ese blanqueamiento va con la antioqueñización cultural y el aumento del racismo. Las basuras por las calles y a las orillas del río Atrato no dan cuenta de la sintonía que ya debería estar instalada a propósito del respeto de los derechos bioculturales que de manera excepcional la Corte Constitucional le reconoció al río como sujeto de la sentencia T-622 de 2016.

El 8 de diciembre, Semana publicó un número especial sobre el Atrato. Recoge la visión de Ximena González de Tierra Digna, la organización que lideró la tutela referente a la degradación de ese cauce y de sus pobladores ancestrales. Para ella, semejante innovación se basa en un ideal ecocéntrico, según el cual la gente no debe portarse ni como ama ni señora de la naturaleza, sino parte de ella.

Ese ecocentrismo está por arraigarse, como se aprecia en la entrevista que el mismo especial le hizo al gobernador de Antioquia. A él no se le pasan por la mente los derechos bioculturales, sino “los secretos” de la prosperidad y los empresarios prósperos. Si, como reza el subtítulo de ese número, “Antioquia lidera la defensa del Atrato”, ojalá no sea con más de las imposiciones colonialistas que esa cuenca comenzó a recibir desde 1997, cuando el gobierno de Ernesto Samper revivió el proyecto de unir al mar Caribe con el Pacífico por un canal entre los ríos Atrato y Truandó: masacres y asesinatos con el consecuente destierro de comunidades indígenas y negras, expansión de los monocultivos de palma aceitera, coca y pastos para ganadería, además de dragones, retroexcavadoras y mercurio para la minería ilegal del oro. La actual violencia que elenos y gaitanistas ejercen sobre la población civil, así como el aumento de asesinatos de líderes sociales o reclamantes de tierras sí que niegan el sentido de una sentencia única en la historia nacional.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

Fuente: El Espectador

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Jafeth Paz Renteria

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