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Por Andrés Molina Ochoa (PhD)*


@andresmolinaoch

Al debate sobre el Plebiscito le ha faltado profundidad académica. En días recientes, incluso asiduos promotores del sí como Francisco Gutiérrez se han quejado de las pocas respuestas que han dado a las preguntas, en su opinión genuinas, de quienes abogan por el no. En lugar del análisis serio y concienzudo, pululan las falacias, falsedades que se arropan con el disfraz de válidos argumentos para engañar a la gente.

La falacia más común es aquella que se comete cada vez que se utiliza la palabra paz con dos acepciones diferentes en el mismo argumento. Lo que va a votarse es la paz entendida como un acuerdo entre dos ejércitos, otra cosa muy distinta es la ausencia de conflictos, ese estado casi idílico al que casi todos aspiramos. El acuerdo con las FARC no significa necesariamente la paz en el segundo sentido, tan sólo en el primero.

De hecho, esta es la pregunta que nos hacemos todos en Colombia: ¿Nos conducirán los acuerdos con las FARC a la paz que todos soñamos? Decir que lo que se vota es la paz y no un acuerdo, no sólo es una evidente falacia de equivocación, sino uno desconocimiento craso del principal tema a discutir al momento de dilucidar cuál debe ser el voto en el plebiscito.

La diferencia entre las dos acepciones de la palabra paz es importante por otras razones. En primer lugar, porque hay pactos que han producido más violencia de la que pretendían evitar. Varios de los países de Centro América, por ejemplo, hoy tienen más muertes violentas que las que se producían antes de finiquitar procesos de paz con supuesto éxito.

Una defensa argumentada de los acuerdos de La Habana debería indicar en qué sentido estos pactos evitan los errores que se han producido en los anteriores procesos y no caer en la tentación de reiterar que los acuerdos por sí solos implican una situación con más prosperidad y menos violencia.

En segundo lugar, porque la falacia mencionada ha sido utilizada para justificar políticas públicas. El presidente Santos, por ejemplo, ha manifestado en forma reiterada que la paz traerá mayor inversión, porque ahora la gente no tendrá miedo de poner su dinero en un país en guerra.

El anterior argumento, claro está, sólo es válido si el acuerdo con las FARC en verdad conducen a un estado de menores índices de violencia. Si, como ha pasado en los últimos años, la extorsión aumenta, la inversión extranjera disminuirá.

Corresponde a los defensores de los acuerdos explicar qué evidencia tienen para con tanta confidencia asegurar que el proceso traerá algo más que un acuerdo entre dos de los muchos bandos que hay en conflicto en Colombia.

En tercer lugar, esta falacia ha sido utilizada para vociferar otra falacia en contra de quienes cuestionamos los acuerdos. Como no se distingue la paz entendida como un acuerdo, a la paz entendida como ausencia de conflictos, todo aquel que se opone al proceso de La Habana es catalogado como un amante de la guerra, o un ser sediento de sangre.

El argumento así presentado es una clara falacia ad hominem, una crítica que se hace a quien esgrime una posición, no al argumento en sí.

En su versión más sofisticada, esta falacia ad hominem se convierte en una falacia tu quoque, aquella que se comete cuando se critica a un argumento con base en las inconsistencias de quien lo defiende. La falacia tu quoque es aquella en la que incurre el hijo que le dice al papá que no tiene razón en recomendarle hacer ejercicio, porque nadie lo practica en la casa. El hecho de que el padre no haga lo que predica, no significa que no tenga razón en su consejo.

De igual forma, que haya habido políticos que callaron frente a los crímenes cometidos alrededor de otros procesos de paz (en especial los celebrados con los paramilitares), no significa que no tengan razón en sus críticas a los diálogos de La Habana. Una persona puede tener razón incluso si se contradice, si es incoherente, si los motivos por los cuáles quiere convencernos de algo son oscuros. Por lo demás, hubo muchos que criticaron (José Miguel Vivanco es uno de ellos) el proceso con los paramilitares y ahora cuestionan los acuerdos de La Habana.

Los defensores del sí también incurren en ocasiones en la conocida falacia del hombre de paja. Cuando discuten con quienes propenden por el no, en realidad se refieren a un tipo de argumentos que nunca se han esgrimido. Es habitual, por ejemplo, escucharlos decir que sus oponentes sólo proponen la guerra y la aniquilación total del enemigo. Incapaces de reconocer la gran tonalidad de grises que existe entre una guerra de exterminio y los acuerdos de La Habana, los defensores de los acuerdos se empeñan en atribuirle al bando contrario una posición que jamás ha defendido.

Otra falacia del hombre de paja se comete cada vez que se critican las advertencias sobre la posible influencia del Castro Chavismo en Colombia. Los defensores de los acuerdos suelen referirse a lo pactado para decir que no hay evidencia alguna de esta perniciosa tendencia política en lo hasta ahora escrito. En los acuerdos se protege la propiedad privada y no hay nada de socialismo en ellos, dicen. El problema está en que la mayoría de quienes denuncian el posible Castro Chavismo lo hacen no en referencia a los artículos acordados, sino al hecho de que las FARC participarán en el reparto político en condiciones de desigualdad, con los miles de millones que décadas de delitos les han dejado. Analistas tan serios como Juanita Uribe de La Silla Vacía han sugerido que no hay en realidad un mecanismo para verificar que Las FARC entregarán las cuentas donde guardan todo su dinero. Si eso es cierto, es lógico pensar que comprarán alcaldías y gobernaciones, y que, por tanto, el Castro Chavismo sí hará parte del reparto político en nuestro país. Por lo demás, resulta también ingenuo pensar que un gobierno como el venezolano que ha influido de forma directa e indirecta los procesos políticos de España, Nicaragua, Argentina, Bolivia, Ecuador y Brasil, participa de forma desinteresada en los diálogos de paz de La Habana.

Por último, los defensores de los diálogos a menudo incurren en la falacia de la falsa disyuntiva, aquella que cometen quienes plantean sólo dos opciones, cuando la verdad es que existen muchas más alternativas. Cuando se dice que es o la paz (en su polisémica versión de acuerdo y ausencia de conflictos) o la guerra más despiadada, los opositores olvidan otras opciones como la renegociación de los acuerdos en condiciones más óptimas para los intereses de Colombia.

El plebiscito es quizás la decisión política más importante que ha tomado Colombia desde la Constitución de 1991. La discusión debería darse con argumentos serios, veraces. Es difícil convencer a alguien cuando lo único que se ofrece son insultos, o cuando se discute lo que no se ha afirmado, o cuando se imagina un futuro inalcanzable y se contrapone a una fantasiosa desgracia inevitable.

*Ha sido profesor de la Universidad de Binghamton y la Universidad de Baltimore, así como del John Jay College of Criminal Justice.

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Jafeth Paz Renteria

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8 COMMENTS

  1. Aspar Ramírez Posted on 9 agosto, 2016 at 6:14 am

    Ósea que no lo podemos llamar procesos de paz, porque un tinterillo ilustrado, con doctorado dice que estamos usando mal la palabra?. Para dar semejante razón tan ridícula escribir tantas palabrería. Yo me pregunto l, entonces sí las FARC son tan fáciles de derrotar porque el estado fallo en hacerlo en los últimos 50 años? Dígame qué grupo terrorista de guerra de guerrillas ha sido derrotado exclusivamente por el uso de la fuerza?. Porque dese que se empezó el cese al fuego con las FARC se bajaron los índices de violencia en el país a mínimos históricos. A mí también me gustaría que muchos de este grupo desaparecieran del planeta. Pero no su pudo, y como no se pudo toca negociar. Los del no no tienen argumentos para oponerse porque no tienen una alternativa al proceso de PAZ. Y señor tinterillo sea serio con lo que escribe no seas que nos den ganas de investigar su tesis doctoral a ver cómo estamos de plagios y sus supuestas carrera como profesor en universidades del exterior.

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    Importante intento de neutralidad por la dificultad de situarse en medio de dos bandos que parecen irreconciliables y no admiten sugerencias o argumentos que no sean de su agrado. La polarización es grande y se basa en la falta de conocimiento de los acuerdos, el gobierno parece tener muy poco interés en que se conozcan conclusiones por tal razón convirtió el si o no, en frente de guerra o trinchera donde se colocan los antagonistas a tirarse piedras porque al parecer hay cese bilateral de fuego. La desinformación da pie para especular y convertir nuestro país en nación en pie de guerra.

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